Como si de peregrinos medievales se tratasen, los animales que viajaron para morir a los pies del barro y troncos de María y de El Rey (nombre de las islas que albergaron los cadáveres) iban por el camino equivocado. El hecho de que muriesen a causa de seguir a un líder herido nos salpica de cordura para recordarnos que no basta ser creación de Dios, ni bautizados en agua, para navegar libres de las mortales influencias del corazón dañado. Y es que, en un mundo de identidades perdidas, los timoneles del pueblo rescatado necesitan de humildad y sanidad para no colapsarse en su propio dolor.

A largo de la historia, Dios ha usado personas imperfectas para situarlas en tormentas anónimas donde el Espíritu de Yavé toma el timón. Pero, a diferencia de los gurús pendientes de sí mismos y de sus pretensiones maquilladas con espiritualidad de bote, ejemplos de liderazgo como el de Moisés son lecciones contra los guiños de Satán.

animales varados

El líder de los hebreos nunca buscó el reconocimiento de la masa. Este escogido del Señor fue, por momentos, un desechado a causa de su búsqueda del contentamiento de Dios y no de los hombres. Mientras duraban las plagas contra Egipto, faraón multiplicaba la carga de los esclavos hebreos, con lo que Moisés se convirtió en objeto de la reprobación universal: por un lado, los egipcios le consideraban como un traidor desagradecido y desintegrador de su bienestar; por otro, los hebreos lo empezaban a ver como el acrecentador de su tortura. Ahí está. Ni egipcio ni hebreo. Solo. Sin honores, sin reconocimiento y sin bandera. Por Dios.

Pero Moisés sabía bien dónde estaba su identidad. Su motivación no dependía de los hipnotizadores valores del ego ante los que se arrodillan los pastores heridos. Probablemente, la madre del libertador le susurraría desde chiquito algo así como: “Dios te ha salvado, Él lo ha hecho, Él hace la obra y tú eres todo para Él ”. A quien firmemente creía esto no le hacía falta más identidad ni aplauso que el aliento del Padre. El cabrero tartamudo a quien una voz divina le habló desde un hierbajo se levanta como salvador de los esclavos. El caso de Moisés es otra muestra de que la pasión del Padre se palpa en la escucha de la zarza del Sinaí, donde después le ofreció los 10 mandamientos, y no en los espinos que siguen ahí.

Se sabe que el sonido del gemir de las ballenas se propaga a miles de kilómetros, por lo que, si éstas están resentidas, sacuden con su angustia a muchas más, algo que se evita cuando de verdad entregamos nuestra cetácea carcasa de heridas a quien ya la llevó dos mil años atrás, aquel quien otorga el perdón a nuestros enemigos, aquel quien nos saca de la muerte playera para bogar mar adentro con un rumbo y dirección que ya no parten del dolor, sino de la paz real.

Quien había abandonado la gloria del palacio por el desierto no necesitaba de demostraciones ni posiciones religiosas. Quien supo asumir la huída de Egipto sin resentimientos nos sirve como modelo del liderazgo genuino, del que renuncia a sí mismo a sabiendas de que es Yavé quien saca del Nilo. A sabiendas de que Dios usa lo que quiere y a quien quiere; bien sean reyes, intelectuales, tartamudos, burras (Números 22, 28), pastores, ballenas (?) (Jonás 1, 17) o delirantes tiburones blancos (?) (Jonás 1, 17). Pero entre todos éstos, sus preferidos somos nosotros, sus hijos, a quienes se nos promete que “ si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra […] siguiendo la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor, desechando las cuestiones necias e insensatas ” (2 Timoteo 2, 21-23). Corazón limpio, y no con pus.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *